Esta boda ha sido un regalo para un fotógrafo de bodas. No es mera albanza ni puro peloteo. Mi hijo el grande, que fue un regalo de la vida (igual que el chico), conoció a Adrián en el colegio. Adrián vivía justo una planta de abajo de nuestro piso. Sus padres, Silvia y Diego, nos regalaron su amistad desde entonces.  Un día, Miguel, el hermano de Silvia, después de enamorase de Soraya en un ascensor (véase al primera parte de esta historia), se presentó en casa y decidió regalarles a su familia una gran noticia: tenían fecha para celebrar su boda. Fue entonces cuando Silvia me regaló contarle a su futura cuñada (hermana ya) quién era este simple mortal. Soraya y Miguel decidieron regalarme a mí un trocito de su intimidad y conocí una de las historias más bonitas que nunca haya oído: se conocieron en un ascensor y vivían en el mismo rellano. Yo pensé que sería un magnífico regalo regresar al ascensor y realizar allí la preboda. Para Mónica, mi jefa en Zankyou el reportaje le pareció un regalo. Y llegó el día. Una bonita boda de pueblo, llena de encanto, sorpresas y regalos. Cada invitado, cada pareja, cada niño, cada camarero… todos tuvieron a bien regalarme una sonrisa y hacerme sentir entre amigos. Pero el regalo verdadero sois vosotros, Soraya y Miguel.  No me canso de decir gracias.