Uno de mis bares preferidos de Madrid es un cuchitril junto a Cuatro Caminos que se llama «La Felicidad»… en realidad no iban desencamindos: ceverza helada y salchicas con patatas y pimientos fritos les permite ponerle el nombre al bar. Mi amigo Rodrigo me descubrió el mundo de la fotografía y, curiosamente, por ende, La Felicidad. El día que conocí a Miguel y a Adelaida les cité en La Felicidad… un clásico ya en mi vida. Aunque suene a topicazo, desde el primer momento supe que estos chicos no eran gente común, que no eran homos vulgaris. Adelaida acaricia el Violonchelo y Miguel viaja por el mundo enderezando vías de tren, dicho en cristiano.  Adelaida y Miguel comparten vidas y pensamientos, metas y anhelos, música y amigos… y su boda no podía ser de otra manera: una boda a lo Miguel y Adelaida… y no es que hablemos de nada estrambótico o presuntuoso… para nada, hablamos de una boda cargada de detalles y sencilla a la vez, currada por sus familias, y con el sello inconfundible de dos chicos que tienen claro qué es lo más importante del mundo: las personas, sus personas.  Y Víctor y yo nos sentimos personas de ellos, nos sentimos dentro del círculo. Un círculo que desnudó sus emociones ante los novios en una de las ceremonias más emotivas que recuerdo. Quererse toda la vida es un trabajo duro, es una apuesta fuerte y una renuncia constante, pero para vosotros será puro placer. Espero veros muy pronto amigos.